(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "La verdadera política y los sucesos de fines de 1885 y principios de 1886"

ünLi 

BHHraP 



Wsam m ffl m 



9999 

■ 



V 




»8sB§*< 



S^^^^^^^jj 



¡HHffiiliiii! 

H liHiiHill 



m 



ütrasi 



WffllfflBillf""" BBWW 

■ ' HHH 

Hill SI 

BiHH HHhI 

■H«kS 




■BMKbS&I 

nBHMrai 

¡HbhkvHHHp' 




Mí$ 



HHH 



míRmII 



ii 



■HhHHHHI 



nd I 



m&m 



UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA 



s 




cr> 3 


s 




en £-' 


s 


BOOK CARD 


ai C; 


K 




en S 


a 




en a 


a 


Please keep this card in 


en S 


e 


book pockeí 


en n 
en Si 


= 




en ~ 


s 




en S 


s 




en 3 


3 




en 3 


£ 




en S 


3 




en 3 


3 




en 3 


3 




en 3 


a 




en 3 


a 




en ¡3 


3 




en t» 


3 




en 3 


» 




en si 


'■•/ 1 3 




i .. 


i a 


en 3 
en S 


I- 


5 E= 








i— < 


[ c s 








r a 


¡J 




lili 




r 




en ¡Í3 


r? 




t" ' * 






i 


en K 


0L- 
i 




L- 3 
t 1 S 






i 


en K 
en 5: 


es 




1 1 






en s 


Oí 


¿ 


5.1 * 








[ 3 


w 


fj 


3 






i i 


en 3 


i-? 


£ 


3 






en 3 


■:T 




5 


□ 


i 


en 7 


i^J 




3 




i 


en 3 


Q¿ 




i i ; 




l 


! 5 


W 


1 3 




1 1 T 


en 3 


"s- 


3 1 




1 i 


o» 3 


j 


. J ! í i 




1 


en 3 



THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 

AT CHAPEL HILL 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



F3095 
.L29 




a 00000 03549 2 



DATE DUE 










































m i 


- ,: 






~-~ 


IAN 2 2 


WUU 




























































































GAYLORD 






PRINTED IN U.S.A. 



Digitized by the Internet Archive 
in 2013 



http://archive.org/details/laverdaderapoltiOOIaga 







ORDEN Y PROGRESO 

VIVIR PARA LOS DEMÁS: LA FAMILIA, LA PATRIA, LA HUMANIDAD 

LA 

1111111 POLÍTICA 

Y 

LOS SUCESOS DE FINES DE 1885 

Y PRINCIPIOS DE 1886 



por 



JUAN ENRIQUE LACARRICUE 



=>-$£""¡6|i$>&*-« 



SANTIAGO DE CHILE 
IMPRENTA CERVANTES 

CALLE DE LA BANDERA, NÚMERO 73 

ísse 

AÑO Q8.° DE LA GRAN CRISIS 



LA VERDADERA POLÍTICA 



LOS SUCESOS DE FINES DE 1885 Y PRINCIPIOS DE 1886 



¿Qué extraña perturbación moral pesa ahora sobre mi 
querida Patria que varios de sus hombres más respeta- 
bles creen servirla, perjudicándola en realidad? Con hon- 
da pena he visto que todas mis advertencias han sido 
infructuosas, pues la minoría parlamentaria persiste to- 
davía en su empeño de obstrucción al buen gobierno de 
la República. Y debo declarar que la mayoría ha cum- 
plido, á propósito de las contribuciones, digna y patrió- 
ticamente con su deber, dando pruebas de una sensatez 
ejemplar. Los reproches que la minoría le ha hecho son 
del todo injustos y manifiestan el más completo desco- 
nocimiento de las nociones fundamentales del orden 
social. Las contribuciones no pueden ni deben interrum- 
pirse jamás. Ellas constituyen una función necesaria del 
organismo político, sin la cual no podría existir. Su ori- 
gen se pierde en las más remotas tribus primitivas. El 



— 4 — 

pretendido derecho de autorizarlas que creen tener las 
Cámaras, supone el olvido de los principios más elemen- 
tales de la sociología. Se puede excusar ese olvido en 
los que redactaron nuestra Constitución, porque la cien- 
cia social no estaba aún fundada. Pero hoy tal error es 
inexcusable. Las Cámaras sólo tienen, no el derecho, 
sino el deber de vigilar y modificar las contribuciones, 
tomando en cuenta el bienestar y la prosperidad de la 
nación. 

Aunque, por ahora, estoy defraudado en la esperanza 
que abrigaba de ser oído, en mi carácter de servidor de 
la religión de la Humanidad, cuya misión es consolidar y 
perfeccionar los deberes domésticos, cívicos y universa- 
les, creo que, en adelante, seré más feliz. La función 
religiosa que desempeño me aleja de la política activa, 
permitiéndome, por lo tanto, apreciar con imparcialidad 
los sucesos. Pido, pues, á mis conciudadanos que escu- 
chen benévolamente mis palabras. No me anima otro 
espíritu que el vivo anhelo del mayor engrandecimiento 
de mi Patria, dentro de la más perfecta armonía del gé- 
nero humano. Si empleo á veces expresiones severas, 
duras quizá, ellas no nacen de malevolencia, sino del 
deseo de ver concurrir á todos mis conciudadanos en una 
misma y fecunda labor. 

Mi primera palabra será para el sacerdocio católico de 
mi Patria, en cuyo seno se encuentran tantos miembros 
venerables. ¿Por qué permanecen silenciosos en medio 
de la grave situación que atravesamos? ¿Por qué no ele- 
van su autorizada voz para aconsejar la concordia, el 
respeto á los magistrados, una conducta intachable y el 
uso de un lenguaje siempre decoroso? ¿Por qué no di- 
suaden á los políticos católicos de la actitud violenta que 



— 5 — 

asumen? La religión debe cernerse por encima de las 
pasiones egoístas para mostrar incesantemente el más 
puro ideal moral y encaminar á los hombres hacia él. 
En nombre de las glorias del catolicismo, personificadas 
en todos sus grandes hombres, ruego á los sacerdotes 
de mi Patria que pongan sus valiosas fuerzas al servicio 
del progreso religioso. Creo que esa sería la conducta 
practicada hoy por los San Pablo, los San Agustín, los 
San Bernardo si pudieran revivir. Pero ellos no están 
muertos, porque su ejemplo y sus palabras son eternas. 
Antes de llegar al porvenir glorioso que se le espera 
á nuestra Patria, tenemos mucho que andar todavía mo- 
ral, intelectual y materialmente. Pero en la senda que 
conduce á ese porvenir no debemos sembrar obstáculos, 
creyendo erróneamente allanar la vía. Así, la oposición 
sistemática al Gobierno que se desarrolla al presente es 
una enfermedad social importada de naciones que, á 
pesar de sus adelantos industriales, están mucho más 
lejos que nosotros del régimen normal. Tal oposición 
pugna con el noble civismo que debe animar siempre á 
los verdaderos ciudadanos. Ella es, en el fondo, ajena 
á nuestro espíritu de sociabilidad y á nuestro amor al 
progreso basado en un orden inalterable. Y el pretexto 
de la próxima renovación presidencial, en vez de justifi- 
carla, agrava, en nuestro sentir, su existencia. La tras- 
misión de la primera magistratura de la República por 
un hombre de Estado á otro, que se verifica aquí empí- 
ricamente, es el desiderátum de la ciencia social y la for- 
ma que prevalecerá en todos los pueblos bajo el régimen 
normal. Por un feliz acuerdo espontáneo entre nuestros 
gobernantes y el público, poseemos en Chile, esa precio- 
sa sucesión en la presidencia de la nación. El género 



— 6 — 

humano comenzó por la herencia teocrática en que el 
hijo sucedía al padre; pero esa forma, muy útil é indis- 
pensable en cierta época, subordinaba la sociedad á la 
familia, y es sustituida en nuestros tiempos por la heren- 
cia sociocrática en que un digno servidor de la Patria 
designa al digno servidor que lo ha de reemplazar. El 
sistema electoral, en este caso, es puramente ficticio, y 
en la nación que algunos quisieran tomar por modelo 
no se llega á ser candidato á la presidencia sino por me- 
dio de una verdadera lotería, después de repetidas dos- 
cientas votaciones, como aconteció la ultima vez. 

En el momento actual tenemos en Chile de candidato 
á la presidencia de la República al señor don José Ma- 
nuel Balmaceda. Todos, amigos y adversarios, recono- 
cen a una sus méritos y las dotes de verdadero hombre 
de Estado que posee. ¿Poiqué entonces la oposición vio- 
lenta que se ha levantado á su respecto? Porque es can- 
didato oficial, se dice. A nuestro modo de ver, ese sería 
un título más para apoyarlo. Es bien deplorable la prác- 
tica que se está implantando aquí de condenar todo lo 
que es gobiernista. Se ha tratado de ridicularizar i con- 
minar la oportuna palabra de un distinguido estadista que 
apellidó así á un numeroso elemento político. Pero todo 
eso no hace más que poner de manifiesto el espíritu de 
desgobierno que anima á la oposición. Y es que semejante 
estado ejerce de suyo una influencia fatal en las mejores 
naturalezas. De ahí que veamos hoy á algunos de los 
buenos servidores del país ofuscados hasta el punto de 
querer producir un desquiciamiento social. Por el contra- 
rio, la situación gubernativa mejora los espíritus, dándo- 
les vistas de conjunto y un alto sentimiento de civismo. 
Y cuando un Presidente designa á su sucesor se inspira 



naturalmente en el más puro patriotismo, velando sólo 
por el porvenir de la República. 

La agitación que ha producido la oposición nada tiene 
de favorable para nuestro país y sí mucho de perjudicial, 
bajo cualquier aspecto que se la considere. El lenguaje 
hablado y escrito de que se ha usado desdice de un 
pueblo culto. Pero lo que hay de verdaderamente deplo- 
rable es el funesto ejemplo de irreverencia al Gobierno 
dado por varios hombres notables. ¿Cómo extrañarse,, 
después de eso, si los hijos no respetan á los padres, los 
discípulos á los maestros, los ciudadanos á los magistra- 
dos, la juventud á los ancianos, el hombre á la mujer? La 
educación de los actos ejerce mucha más influencia que 
la de las palabras, y el ejemplo de las personas en ex- 
pectación decide de la conducta de la sociedad entera. 
Y la actitud de supremacía que han asumido varios 
miembros del Congreso supone el más completo desco- 
nocimiento del buen gobierno. Cúmpleme advertir, en 
este momento, á mis conciudadanos, que el régimen par- 
lamentario es una aberración que ya la están palpando 
en la misma Inglaterra, donde se aspira ahora á la forma 
republicana dictatorial que es el verdadero ideal político 
sancionado por la sociología. Y, en efecto, un Congreso 
no puede ni debe gobernar, porque es multitud irres- 
ponsable, y su sola misión normal es la de vigilar, que 
no interrumpir, la contabilidad nacional. El deber posi- 
tivo de todos los ciudadanos es ayudar y estimular al 
Gobierno en su tarea social, que cuando los magistrados 
se sienten respetuosamente secundados por el público 
cumplen mejor que nunca sus funciones. Y en el desem- 
peño de esas mismas funciones es donde se forman los 
mejores servidores cívicos del país. 



— 8 — 

Toda la oposición que se ha hecho no es, en verdad, 
más que un extravío de mucha parte de nuestra vitali- 
dad. Y esperamos que no vuelva á repetirse semejante 
perturbación en nuestro desarrollo. Nada realmente 
útil se hace ya por revolución sino por evolución. Tal 
es lo que establece el axioma sociológico de que el 
progreso no es más que el desenvolvimiento del orden. 
La actitud negativa es fatal en todas las esferas de la 
actividad humana. Ahí está el secreto de la inferiori- 
dad moral y mental del siglo XVIII respecto del si- 
glo XVII, como el mismo Voltaire lo reconoce en la 
mejor de sus obras, El Siglo de Luis XIV, sin darse 
cuenta del hecho. El gran Corneille, como poeta, y el 
ilustre Bossuet, como historiador, serán modelos eternos, 
lo que no se puede decir tal vez de ningún escritor del 
siglo XVIII. Pero el negativismo de ese siglo fué ne- 
cesario é indispensable para preparar la nueva gran 
construcción definitiva. No sucede así ahora, en que sólo 
se trata de edificar y armonizar. Trabajemos, pues, con 
un noble patriotismo y con fe invencible por el glorioso 
porvenir de Chile. 

Y es menester que nuestro patriotismo se desprenda 
de todas las falsas y estrechas preocupaciones que sólo 
fueron excusables recién efectuada nuestra independen- 
cia nacional. Debemos, desde luego, venerar á nuestra 
madre patria la España, de la cual hubimos de separar- 
nos políticamente, si bien quedando siempre unidos en 
el fondo por el lado moral, como que ella nos dio su her- 
mosa lengua, su grandeza de alma y su profunda reli- 
giosidad. Y esa gloriosa nación, aparentemente decaída, 
tiene una gran misión que cumplir, acompañada de todas 
sus hijas las repúblicas de América. Es ella la que va á 



— 9 — 

ejemplarizar á los pueblos del norte con los esplendores 
del positivismo Al carácter eminentemente armónico, 
sintético y moral del pueblo ibérico le repugna el escep- 
ticismo por lo cual no ha tomado parte activa en el libre 
pensamiento; mas, bajo la doctrina orgánica definitiva 
que va á unir á toda nuestra especie con la misma fe, él 
desplegará sus poderosas cualidades creadoras que están 
vivas en su seno y próximas á la acción. Pero nuestro 
respeto ha de extenderse á las demás naciones de Euro- 
pa que han cooperado junto con la España en la evolu- 
ción moderna, á saber, la Francia, la Italia, la Inglaterra 
y la Alemania, siendo especialmente muy profundo por. 
la que presidiera esa evolución desde su capital París, 
la ciudad sagrada en que ha surgido la religión de la 
Humanidad. Nuestra veneración ha de extenderse tam- 
bién á la edad media, en que el catolicismo y los caba- 
lleros prepararon el mundo moderno. Avanzando en el 
campo de la historia, rendiremos homenaje á Roma, la 
ciudad del civismo; á Grecia, el pueblo de la poesía y la 
filosofía; y á la teocracia egipcia, madre venerable de la 
civilización occidental. Llevaremos más lejos todavía 
nuestro respeto, hasta el fetiquismo primitivo, que echó 
los cimientos de la evolución humana. Sólo así seremos 
verdaderamente dignos de seguir nuestro camino hacia 
el glorioso porvenir y sabremos alcanzarlo. 

De las cinco naciones de Europa que han formado la 
civilización moderna, la Francia está ya definitivamente 
constituida en república y luego seguirán su ejemplo la 
España, la Italia, la Inglaterra y la Alemania. Pero el 
cambio se hará sin revolución, transformándose la re- 
yecía en presidencia sociocrática, como la que tenemos 
en Chile. Las colonias de la España, especialmente Cuba 



y Puerto Rico, serán declaradas independientes por la 
misma madre Patria. De igual manera procederá la In- 
glaterra con las suyas. Las invasiones sobre los pueblos 
retardados en el desarrollo de la civilización no se repe- 
tirán en lo sucesivo y serán reemplazadas por las misio- 
nes religiosas del positivismo que los incorporarán poco 
á poco en el régimen normal de la Humanidad. 

Nuestro Chile está dotado de una poderosa vitalidad 
que bien encaminada ha de hacer prodigios. Conserve- 
mos, desde luego, á la mujer en el hogar para que desplie- 
gue allí toda la fuerza moral que le es peculiar y purifique 
y enaltezca sin cesar el corazón del hombre. Arrastrarla 
ala vida pública, como lo pretenden algunos desacorda- 
damente, es pervertir su naturaleza afectiva é inhabili- 
tarla para su verdadera misión social en el seno de la fa- 
milia. El curso de la civilización la ha dignificado cada 
vez más, y la sociología y la moral prescriben de consuno 
que el hombre sustente y respete á la mujer como la 
encarnación del ideal en su carácter de madre, esposa, 
hermana é hija. Hay otro elemento que puede ser muy 
útil á nuestra patria en su perfeccionamiento, y son los 
médicos. Ellos se encuentran los mejor preparados pa- 
ra llegar al sacerdocio normal. Que hagan prevalecer 
los consejos morales en su acción continua y la virtud 
afianzará la salud personal y social. Pueden cooperar tam- 
bién eficazmente en el organismo político los patricios 
que dirigen la actividad en las cuatro grandes esferas 
de la industria, á saber, la agricultura, la fabricación, el 
comercio y el banco. Ellos han de emplear los capitales 
de que no son, en el fondo, más que administradores, 
en obras útiles, proveyendo además á la digna manu- 
tención de los proletarios con un salario equitativo. Cié- 



rran estos últimos el campo de la acción humana, for- 
mando la base de la población y del trabajo y siendo 
el origen de todas las otras funciones sociales. Fuera de 
la vida doméstica de la mujer, todo lo demás es vida 
pública. De modo que están en un error gravísimo lo que 
se imaginan que solamente lo es aquello que se relaciona 
con el Gobierno. Este no hace sino velar por el orden, 
para que funcionen como es debido todas las actividades 
sociales, concurriendo él así con ellas en la labor total 
de la nación. Y como la función del Gobierno es presi- 
dir á la armonía de la Patria, la función del Sacerdocio 
es presidir á la armonía de la Humanidad; pues el des- 
tino real de la religión, según lo ha demostrado Augusto 
Comte, es unir á todos los hombres al través del espacio 
y del tiempo con una misma fe, con un mismo amor. 
Bajo la forma preparatoria que revistió en el fetiquismo, 
el politeísmo y el monoteísmo se ha ido acercando cada 
vez más á esa destinación suprema, y ahora, en la forma 
final que le diera el mismo Augusto Comte, fundando el 
positivismo, va á llenar del todo su grandioso objeto. 

Todavía me permitiré aconsejar á mis conciudadanos 
chilenos que cultiven el respeto por los grandes grandes 
hombres, ya pertenezcan á nuestra patria, ya á las de- 
más naciones, y cualquiera que sea el tiempo en que 
hayan vivido. Ese sentimiento del respeto es lo que 
más dignifica nuestra naturaleza y mejor nos prepara á 
cumplir nuestros deberes privados y públicos. Les reco- 
miendo muy especialmente los trece grandes hombres 
que presiden los respectivos meses del calendario histó- 
rito del positivismo, á saber: Moisés, personificando la 
teocracia; Homero, la poesía antigua; Aristóteles, la filo- 
sofía antigua; Arquímedes, la ciencia antigua; César, la 



civilización militar; San Pablo, el catolicismo; Carlo- 
magno, la civilización feudal; Dante, la epopeya moder- 
na; Gutenberg, la industria moderna; Shakespeare, el 
drama moderno; Descartes, la filosofía moderna; Fede- 
rico el Grande, la política moderna; Bichat, la ciencia 
moderna. Además de esos trece grandes hombres, cada 
mes, compuesto de veintiocho días, tiene otros tantos 
servidores de la Humanidad, subordinados en cada se- 
mana á un espíritu culminante. El día suplementario á 
esos trece meses, para completar el año ordinario, es 
consagrado á los muertos, y lleva su nombre; y el otro 
día, suplementario de los años bisiestos, se dedica á las 
santas mujeres, y precede al de los muertos, que es siem- 
pre el último del año. Un esclarecido compatriota nues- 
tro, el señor don Francisco Echaurren Huidobro, inició 
en Chile espontáneamente el culto á los grandes hom- 
bres, efectuando, cuando era intendente de Valparaíso, 
una memorable procesión cívica para honrar á los in- 
mortales fundadores de la República. 

Pero el hombre que merece más que ningún otro la ve- 
neración de todos mis conciudadanos es Augusto Comte. 
El servicio que ha hecho esa gran naturaleza al género 
humano todo entero, excede con mucho cuanto se reali- 
zara hasta hoy. En medio de la tremenda anarquía ac- 
tual, cuando tantas almas bien dotadas creen que vamos 
al abismo sin que sepan cómo remediarlo, cuando tantas 
buscan un camino de salvación sin poder encontrarlo, 
Augusto Comte fundó la sublime doctrina del positivismo, 
uniendo el amor y la ciencia en indisoluble alianza. Fué él 
quien nos reveló que el altruismo es un atributo de la 
naturaleza humana, y que, por lo tanto, podemos llegar 
á la más alta moralidad mediante nuestros firmes y pro- 



— x 3 — 

píos esfuerzos. Fué el quien declaró á los pretendidos 
sabios libre-pensadores que ellos estaban más lejos del 
régimen normal que las almas verdaderamente religiosas, 
á cualquier teologismo que pertenezcan, porque la virtud 
está por encima de todo y á ella debe subordinarse 
todo. Fué él quien estableció que la matemática, la as- 
tronomía, la física, la química, la biología, la sociología 
no son más que el prefacio de la moral, que es la ciencia 
sagrada, la ciencia suprema. Gracias á él está abierto el 
camino seguro para todos los dignos hijos déla Humani- 
dad. Y no se crea que á Augusto Comte le faltó el mar- 
tirio en su obra gloriosa. Es cierto que no fué crucificado 
materialmente, porque las costumbres actuales no lo 
permiten, pero la crucifixión moral ha sido completa. El, 
que traía la verdadera luz y la paz definitiva á los hom- 
bres, ha sido calumniado, despreciado, privado hasta del 
pan de un humilde puesto, y habría perecido de hambre 
si algunos fieles discípulos no lo hubieran socorrido. En 
su muerte, quince personas asistieron a su entierro. Y 
él había cumplido con un heroísmo sublime su misión 
suprema, pensando en sus últimos momentos sólo en la 
Humanidad, á la cual consagró su existencia entera sin 
desmayar jamás. La religión final, que va á unir á todos 
los hombres en una misma fe altruista, está fundada, y 
nuestra veneración será siempre poca para agradecer 
á Augusto Comte el servicio solemne y divino que nos 
ha hecho. 

Juan Enrique Lagarrigue, 
g, Moneda, g. 

Santiago, Moisés 14 del 98 (Enero 14 de 1886). 



ADVERTENCIA 



Complemento mi intervención espiritual en la política 
de hoy con la reproducción de los dos siguientes artículos 
que aparecieron bajo la forma de folleto en las fechas res- 
pectivas que llevan al pie, y con la inserción de diversas 
cartas relativas á la crisis parlamentaria. 

LA SITUACIÓN ACTUAL 

El espíritu de desgobierno de que está animada la oposición parla- 
mentaria actual en ambas Cámaras y en el que veo con pesar que han 
caído por un ofuscamiento inexplicable algunos estadistas distinguidos, 
me impone el doloroso deber de advertir, en nombre de la Humani- 
dad, á esa oposición que deje cuanto antes una culpable actitud polí- 
tica. Al deplorable sentimiento de ciega hostilidad que la domina, ha 
de suceder un noble sentimiento de cooperación cívica que tienda á 
robustecer el orden público en nuestra patria y á facilitar su progreso 
social. Lejos de todo verdadero corazón chileno el desleal intento de 
querer interrumpir la honrosa tradición de buen gobierno que tanto 
enaltece á nuestra República. 

Esta Patria querida, que tan gloriosos destinos ha de realizar bajo el 
amparo de la religión de la Humanidad, reclama el servicio leal, hon- 
rado y enérgico de todos sus hijos. Los nobles antecedentes españoles 
que nos cupieron en suerte son una de las causas principales de nues- 
tro profundo espíritu de sociabilidad y de nuestro amor al orden, á la 
armonía, á la concordia. Nada tenemos que aprender á ese respecto 



— i5 — 

de las naciones de origen protestante que algunos en mala hora qui- 
sieran imitar. Si bajo el punto de vista industrial están ellas más 
avanzadas que nosotros, es muy fácil alcanzarlas en ese sentido, pero 
ellas tendrán mucho que andar para subir de su egoísta individualismo 
al altruismo social que nos caracteriza. 

El sacerdocio católico de nuestra Patria, momentáneamente adverso 
al Gobierno á causa de las reformas civiles que ha realizado, no tar- 
dará en reconocer que esas reformas no importan ataque á la religión, 
y, fiel al espíritu de veneración que animaba á San Pablo, respetará á 
nuestros magistrados y los hará respetar con sus consejos del elemento 
político que se muestra hoy más irreverente que otro alguno. Nada 
dignifica tanto nuestra naturaleza como el sentimiento del respeto, que 
es la verdadera esencia de la religión. Están en un error gravísimo los 
que se imaginan que la veneración apoca las almas. Es ella, al con. 
trario, la que da la fuerza útil, fecunda, incansable, sea que se trabaje 
práctica ó teóricamente, en industria ó en ciencia, en poesía ó en filo" 
s ofía, en moral ó en política, privada ó públicamente, para la Familia, 
para la Patria, para la Humanidad. Los que carecen por completo de 
veneración no pueden ser sino parásitos sociales. 

Pero yo espero más aún de nuestro sacerdocio católico. En el mo- 
mento solemne por que atraviesa nuestra especie, cuando la religión 
toma su forma definitiva é indestructible en el positivismo, no es da- 
ble que los discípulos de los profetas, de los apóstoles, de los santos 
permanezcan indiferentes. Sería preciso suponer que el espíritu de 
esas grandes almas había abandonado para siempre al sacerdocio ca- 
tólico. Mas ello no es creíble, en honor de la naturaleza humana. Los 
que viven leyendo y meditando los escritos y contemplando las vidas 
de los grandes hombres del catolicismo, no pueden menos de estar 
imbuidos del generoso ardor social que los animaba. En ese fuego sa- 
grado está el secreto de todo lo que hicieron. Esa es la gracia divina 
de que se creían poseídos. Y bajo ese santo influjo serían hoy los más 
valientes apóstoles de la religión de la Humanidad. De ahí que nues- 
tros sacerdotes católicos que fueren sus dignos discípulos, habrán de 
saber cumplir esa misión suprema. 

Si consideramos ahora la juventud chilena, ¿qué no debemos espe- 
rar de ella cuando aplique su poderosa vitalidad al servicio de la reli- 
gión de la Humanidad? Respetuosa para con los padres, respetuosa 
para con los maestros, respetuosa para con los magistrados, respetuosa 
para con los ancianos y respetuosa, sobre todo, para con la mujer, á 
cualquiera condición que pertenezca, esa juventud cumplirá firmemen- 
te con sus deberes y honrará en alto grado á nuestra Patria. Su con- 



— i6 — 

ducta será 'ejemplar, de sus labios saldrán sólo palabras honestas y 
sensatas, y cuando tome la pluma lo hará para escribir bajo la inspira- 
ción de los más nobles sentimientos y á fin de cooperar al engrande- 
cimiento moral é intelectual de la República. 

Hay otro elemento muy importante en nuestro organismo social, 
que está llamado á realizar una alta misión desde que reciba la luz de 
la religión de la Humanidad, y es el proletariado. Vigoroso, abnega- 
do, infatigable en el trabajo, sólo le falta el conocimiento de la verda- 
dera doctrina para adquirir por sus representaciones respetuosas el 
bienestar material de que carece y constituir, á la vez, la base de una 
real opinión pública. Todo proletario ha de poseer su hogar doméstico, 
donde debe hallarse siempre la mujer como madre, esposa, hermana 
é hija, cumpliendo su santa función de providencia moral del mundo. 
En manera alguna le corresponde la vida pública al sexo amante, so 
pena de que se vicie su naturaleza afectiva, inabilitándosela para su 
labor sagrada de formar y purificar el corazón del hombre. La so- 
ciología y la moral la excluyen de ahí terminantemente. Y la reli- 
gión de la Humanidad establece el axioma social incuestionable de 
que el hombre debe alimentar á la mujer, correspondiendo esa obli- 
gación, cuando ella no tuviere parientes, al Gobierno, en representación 
de la Patria. 

Ante la gloriosa campaña que se abre para nuestro querido Chile 
en el seno del positivismo, todas las diferencias, todas las rivalidades, 
todas las vacilaciones deben desaparecer. De un extremo al otro de la 
República no ha de haber más que servidores de la Familia, de la 
de la Patria y de la Humanidad, unidos todos en un mismo sentimien- 
to doméstico, cívico y religioso. Que el nuevo año que va á comenzar 
inaugure la concordia eterna de nuestros conciudadanos por el noble 
ejemplo de la oposición parlamentaria transformada en generoso coo- 
perador del Gobierno, votándose las contribuciones por unanimidad 
en ambas Cámaras. 

Juan Enrique Lagarrigue. 

Santiago, Bichat 22 del 97 (diciembre 24 de 1885) 



EL MEETING DEL 1.° DE ENERO Y LA SITUACIÓN ACTUAL 

La desacertada oposición actual persiste en su indisculpable animo- 
sidad, y ha tenido la extraña ocurrencia de celebrar el día i.° de año 



— i7 — 

con un meeting, expresión del lastimoso ofuscamiento que la domina. 
Nada tan infeliz como el haber elegido ese día, que la sociedad con- 
sagra espontáneamente á la fraternidad y á la concordia, para hacer una 
manifestación de odio, que eso ha sido en el fondo el meeting de ayer, 
á pesar de todas las apariencias patrióticas con que se le quisiera velar. 
Nunca hubiéramos imaginado que varios de los hombres respetables 
que allí concurrieron harían tan deplorable caída. 

Yo sería el primero en congratularme si la alianza de partidos que 
apareció en ese meeting no fuese enteramente facticia, como que ella 
está basada en el odio y no en el amor. Para que tal alianza durara 
sería menester que todos los elementos que la forman tuvieran el mis- 
mo noble fin de cooperar al engrandecimiento moral, intelectual y 
social de la República. Pero está muy lejos de ser así, y esa pretendida 
unión, si pudiera continuar, sería igualmente fatal, por una parte, al 
elemento político que debiera ejemplarizarnos con una actitud digna- 
mente religiosa, y, por otra, al elemento político que ha contribuido á 
las reformas civiles. 

Pero vengamos á la cuestión de las contribuciones en que estriba 
toda la dificultad de la situación. Yo creo, sociológicamente hablando, 
que al Congreso no le corresponde autorizarlas y sí sólo reglarlas, por- 
que ellas constituyen una de esas funciones necesarias del organismo 
social sin las cuales no podría subsistir. Las contribuciones, si bien se 
mira, son anteriores y superiores á todo Congreso. Éste solamente las 
vigila y las modifica, pero no puede ni crearlas, ni destruirlas. Y el Go- 
bierno es el encargado y el responsable de mantenerlas en vigencia 
permanente, como necesidad ineludible de orden público, so pena de 
que cayéramos en la más espantosa anarquía, retrogradando á la bar- 
barie. 

Siento que S. E. el Presidente de la República, contemporizando, 
sin duda, con las preocupaciones metafísicas reinantes, que no dejan 
ver la realidad de las cosas, no haya hecho afirmar por sus secretarios 
de Estado esa noción positiva del orden político. Pero tócale á la 
mayoría del Congreso, en el momento actual, cumplir con el alto é im- 
prescindible deber de votar las contribuciones antes del plazo impos- 
tergable. Toda la energía que despliege con ese objeto será en bien 
de la Patria, y ella sabrá recompensarla. La minoría no puede legíti- 
mamente reclamar sino la libertad de votar en contra de las contribu- 
ciones, cargando ella con esa responsabilidad. Pretender diferirlas 
indefinidamente, abusando de la palabra, como ella lo intenta, no le 
es permitido, y la mayoría faltaría á su deber si lo consintiese. Corre 
un rumor de que en el caso de que la mayoría exigiera la votación, la 

LA VF.RD. POLÍTICA 



— t8 — 

minoría se saldría de la sala protestando. Que lo haga, si se atreve, y 
será mirada como desertora de la Patria. 

Todavía ha llegado á mis oídos que la minoría ejercería también el 
derecho de acusar á S. E. en el tiempo que señala la Constitución. Si 
esa acusación se llevara á cabo, se daría al señor Santa María la más 
bella ocasión para justificar su conducta de verdadero hombre de es- 
tado y de gran servidor de su Patria. Y él podría establecer en su 
defensa la teoría de la alta política del porvenir, digna de ser seguida 
por todos los Presidentes de nuestra República. 

Yo había abrigado la grata esperanza de que este año se abriría con 
el despertar de la oposición al altruismo, y ya miraba eso como un 
preludio de la concordia real de todos mis conciudadanos. Pero me 
he engañado. La oposición está más obstinada que nunca. ¡Cuánta 
vitalidad perdida! ¡Qué de energía, qué de talento, qué de elocuencia 
que se descamina! Mas yo no desespero aún del todo. Es posible que 
los ojos de la oposición se desvenden á tiempo y que, contemplando 
el verdadero patriotismo, coopere eficazmente al engrandecimiento 
nacional. 

Tengo fe en el porvenir glorioso de nuestra Patria. La concordia real 
de todos sus hijos se verificará en el seno de la religión de la Huma- 
nidad. De este querido Chile, que tan arraigado tiene el coraje y el 
ardor moral de nuestra madre la España, han de salir muy valientes 
misioneros del positivismo. Nuestra República será un ejemplo y un 
modelo de todas las virtudes domésticas, cívicas y religiosas. Su histo- 
ria ha de ser la relación no interrumpida de un progreso siempre cre- 
ciente. Todos los elementos que forman el organismo político, a saber, 
la mujer, el sacerdocio, el patriciado y el proletariado vivirán en la más 
perfecta armonía, concurriendo unísonos en la labor social. Y la felici- 
dad pasará de generación en generación bajo una paz inalterable. 

Juan Enrique Lagarrigue. 

Santiago, Moisés 2 del 98 (enero 2 de 1886). 



— i 9 — 

CARTAS TOCANTES Á MI INTERVENCIÓN ESPIRITUAL EN LA 

POLÍTICA 

Al Presidente de la República 

Señor Don Domingo Santa María. 

Excelentísimo señor: 

Al saludar a Ud. en el nuevo año permítame hacer algunas reflexio- 
nes sobre la crisis que desearía crear al Gobierno de V. E. la desacer- 
tada oposición actual. 

Desde luego, nada tan infeliz como el haber elegido este día prime- 
ro de año, que la sociedad consagra espontáneamente á la fraternidad 
y á la concordia, para celebrar un meeting que no es más que la expre- 
sión del egoísmo, á pesar de las apariencias patrióticas con que se le 
quisiera velar. Yo sería el primero en congratularme si la alianza de 
partidos que allí se presenta fuera la unión del amor, pero ella no 
es más que la unión del odio. Su fin es innoble y su duración será 
efímera. 

Pero viniendo á la cuestión de las contribuciones en que estriba to- 
da la dificultad de la situación, yo creo, sociológicamente hablando, 
que al Congreso no le corresponde autorizarlas y sí solo reglarlas, 
porque ellas constituyen una de esas funciones necesarias del organis- 
mo social sin las cuales no podría subsistir. Las contribuciones, si bien 
se mira, son anteriores y superiores á todo Congreso. Éste solamente 
las vigila y las modifica, pero no puede ni crearlas, ni destruirlas. Y el 
Gobierno es el encargado y el responsable de mantenerlas en vigencia 
permanente, so pena de que cayéramos en la más espantosa anarquía, 
retrogradando á la barbarie. 

Comprendo que V. E., por miramiento á las preocupaciones meta- 
físicas reinantes que no permiten ver la realidad de las cosas, no haya 
hecho afirmar por sus secretarios de Estado esa noción positiva del 
orden político. Mas ante el plazo impostergable que se acerca, V. E. 
podría influir en la mayoría de la Cámara para que, rechazando todo 
espíritu de vacilación, fatal en estos momentos, haga que se voten sin 
más demora las contribuciones. He oído que, en ese caso, la minoría 
se saldría de la sala protestando y resuelta á ejercer el derecho de acu- 
sar a V. E. en el tiempo que señala la Constitución. Si eso hiciera la 
minoría, V. E. tendría la más hermosa ocasión para justificar su con- 



ducta de verdadero hombre de Estado y de gran servidor de su 

Patria. 

Salud y respeto. 

Juan Enrique Lagarrigue 

Santiago, Moisés l.o del 98 (enero l.Q ele 1886) 

En la contestación de S. E., al mismo tiempo que me 
daba las gracias por mi carta, me declaraba terminante- 
mente que él no podía hacerse reo de violar la Constitu- 
ción, cobrando las contribuciones después del 5 de enero 
si el Congreso no las había autorizado aún. Yo persisto 
en creer que el verdadero deber del Gobierno estaba en 
seguir cobrándolas, porque las leyes orgánicas de la so- 
ciedad son superiores á toda Constitución. Asilo sostuve 
en el artículo que precede inmediatamente á estas cartas 
y en el cual reproduje muchas de las reflexiones que le 
hacía á S. E. en la anterior. Y lo he vuelto a afirmar 
más categóricamente todavía en el que encabeza esta 
publicación. El día 5 de enero espiró sin que se hubieran 
votado aún las contribuciones, á causa de la prudencia 
excesiva de la mayoría y del presidente de la Cámara, 
que no quisieron violentar á una minoría en plena anar- 
quía social. Felizmente el orden público se mantuvo 
inalterable por la energía de todas las autoridades de la 
República y el civismo de nuestros conciudadanos, per- 
turbándose sólo algunos servicios. Pero la mayoría de los 
diputados, dignamente representada por el presidente de 
la Cámara, reparó su condescendencia indebida con la 
minoría, por un acto de verdadero patriotismo, efectuán- 
dose la votación de las contribuciones el 9 de enero, 
á pesar de las feroces protestas de la oposición parlamen- 
taria. Con esa noble conducta, presidente y mayoría de 
la Cámara hau merecido bien de la Patria. 



Bajo la viva impresión de no haber sido votadas las 
contribuciones el 5 de enero, escribí al Presidente de'la 
República en la mañana del 6 las siguientes lineas: 

Señor Don Domingo Santa María 

Excelentísimo señor: 

Permítame decirle dos palabras en este momento solemne. V. E. 
puede seguir cobrando las contribuciones sin hacerse reo de violar la 
Constitución, 'puesto que el Congreso no se las ha negado sino que no 
ha alcanzado á aprobarlas aún á causa del crimen de lesa-Patria co- 
metido por la minoría. 
Salud y respeto. 

Juan Enrique Lagarrigue. 

Santiago, Moisés 6 del 98 (enero 6 de 1886). 

Temiendo no recibiera oportunamente S. E. mi carta 
anterior, le escribí al señor don Aniceto Vergara Albano 
la siguiente: 

Señor de toda mi consideración: 

Aunque acabo de escribirle al Presidente de la República sobre el 
momento solemne en que estamos, como tema pudiera no llegar a 
tiempo á sus manos mi carta, permítame dirigirme a Ud. que es uno 
de los estadistas que más han cooperado con su levantado criterio á 
consolidar nuestro organismo político y que apoya con verdadero pa- 
triotismo al Gobierno actual. 

Yo le decía á S. E. que él podía seguir cobrando las contribuciones 
sin hacerse reo de violar la Constitución, puesto que el Congreso no 
se las había negado, sino que no había alcanzado á aprobarlas aún, á 
causa del crimen de lesa-Patria cometido por la minoría. 

Me parece que así Ud. como S. E. el Presidente de la República y 
el sano elemento político actual opinarán de ese modo, quedando en 
salvo, por el patriotismo del Gobierno y de todos los verdaderos ciuda- 
danos, el orden público, la honra y el porvenir de Chile. 

Ajeno como soy á la política activa por la función religiosa que de- 



seinpeño, he contemplado sin parcialidad, aunque con grande inquie- 
tud, los últimos acontecimientos de mi Patria. Mis simpatías personales 
estaban más bien del lado de la oposición parlamentaria. Pero, en 
conciencia, no puedo menos de condenar severamente su conducta. 
La página de nuestra historia trazada por ella debiera arrancarse por 
la dignidad de la República. 

Reciba Ud. un respetuoso saludo de 

Juan Enrique Lagakrigue. 

Santiago, Moisés 6 del 98 (enero 6 de 18S6) 

A poco de haber escrito esta carta recibí la proclama 
del Presidente de la República á la Nación, que me hizo 
dirigirle sobre la marcha la siguiente felicitación: 

Señor don Domingo Santa María. 

Excelentísimo señor: 

Acabo de leer su notable proclama á la Nación. Es una pieza digna 
de un verdadero hombre de Estado y en que palpita el corazón de un 
gran ciudadano. Ella borra, en cierto modo, la vergonzosa página de 
nuestra^historia escrita por la oposición parlamentaria actual. 

Esa oposición debe de estar ya bajo el peso de la noble proclama 
de V. E. Ella se apresurará, sin duda, á votar las contribuciones para 
atenuar en algo el crimen de lesa- Patria que ha cometido. V. E. puede 
reposar seguro en la opinión y el apoyo de todos los verdaderos ciuda- 
danos chilenos. 

Mi palabra ha de ser para V. E. tanto más fidedigna, cuanto que 
vivo ajeno á la política activa por la función religiosa que desempeño. 
Le diré más todavía, mis simpatías personales, estaban más bien del 
lado de la oposición, pero, en conciencia, no he podido menos de 
abominar su desleal conducta. Creo poseer bastante serenidad para 
anticipar sobre V. E. el fallo de la historia. Ella le dará un alto rango 
entre los mejores servidores de nuestra Patria. 

Felicitándolo de todo corazón, lo saluda respetuosamente 

Juan Enrique Lagarrigue. 
Santiago, Moisés 6 del 38 (enero ele 1886). 



— 23 — 

El siete de enero escribí al presidente de la Cámara 
de Diputados esta carta, que no fué leída en plena se- 
sión como yo lo deseaba, porque, sin duda, el regla- 
mento no lo permitía: 

Honorable señor: 

En mi calidad de ciudadano chileno y como servidor de la reli- 
gión de la Humanidad, cuya misión es Consolidar y perfeccionar los 
deberes domésticos, cívicos y universales, me dirijo a S. S. en este 
momento solemne, para exponerle las consideraciones siguientes, con- 
fiando en que se digne hacerlas leer por el secretario de la Cámara. 

Ajeno como soy á la política activa por la función religiosa que de- 
sempeño, he podido contemplar sin parcialidad, aunque con profunda 
inquietud, los últimos acontecimientos parlamentarios. La conducta de 
la minoría es incomprensible, es deplorable, y habiendo llegado hasta 
el extremo de impedir que se voten a tiempo las contribuciones, ha 
cometido un crimen de lesa-Patria. Ello es tanto más de sentir cuanto 
que entre las personas que la forman hay varios hombres distinguidos 
que dejan un funesto ejemplo al porvenir. No se concibe que los que 
pretenden servir á la República hayan podido desconocer la noción 
sociológica fundamental de que el progreso no es más que el desen- 
volvimiento del orden. Por mas que traten de ilusionarse, es incuestio- 
nable que han andado fuera del camino de la verdadera política. Y lo 
habrán de reconocer luego que recobren el sano criterio de dignos 
hombres de Estado que supieron emplear cuando fueron Gobierno. 

Mi más vivo anhelo es que la minoría repare en cierto modo la tre- 
menda falta que ha cometido, votando hoy mismo las contribuciones. 
Si se obstina en su criminal actitud, creo que es un deber supremo de 
la mayoría poner, sin mas demora, á la República, en su digna condi- 
ción de pais bien organizado, lo que es nuestra honra, nuestra gloria 
real y la base de nuestra futura grandeza. Todos los verdaderos ciu- 
dadanos lo esperan así, de un extremo al otro de nuestra noble Patria. 

Salud y respeto. 

Juan Enrique Lagarrigue. 

Santiago, Moisés 7 del 98 (enero 7 de 1886). 

Votadas las contribuciones el 9 de enero, después de 
las notables palabras pronunciadas por el presidente de la 



— 24 — 

Cámara, señor don Pedro Montt, escribí á este distin- 
guido ciudadano la siguiente carta: 

Señor de toda mi consideración: 

Me es muy grato felicitar á Ud. por su noble y enérgica actitud para 
hacer votar las contribuciones. Las palabras decisivas que pronunció 
con ese objeto quedarán como un precioso é inolvidable documento 
de verdadero civismo. Su conducta en este momento solemne ha 
manifestado que es Ud. un digno hijo del ilustre hombre de Estado 
don Manuel Montt. 

Las indecorosas protestas de la minoría, que debiera callarse siquie- 
ra después del criminal comportamiento que ella ha observado, no pue- 
den empañar la pura reputación de Ud., ni desfigurar el alto servicio 
que acaba de prestar á su Patria. Todos los que conserven intacta la 
conciencia de verdaderos ciudadanos sabrán hacerle justicia y rendirle 
homenaje. Era necesario salvaguardiar la estabilidad de la República 
y Ud. no ha vacilado en desentenderse del imperfecto reglamento de 
la Cámara para cumplir con ese augusto deber. 

Cuando se haya calmado la efervescencia de las pasiones que ofus- 
ca hoy á varios hombres respetables de la minoría, estoy cierto de 
que reconocerán que Ud. desempeñó dignamente su puesto de presi- 
dente de la Cámara, en la más difícil de las situaciones que se hubiera 
presentado jamás. Y entonces tratarán ellos de reparar el funesto 
ejemplo de desgobierno que han dado, por una noble actitud de firme 
cooperación al orden y al progreso de nuestra Patria, que es la única 
que corresponde á los verdaderos ciudadanos. La oposición sistemáti- 
ca al Gobierno en que están empeñados ahora y de la cual se engríen, 
es una perniciosa enfermedad social que ha de desaparecer para siem- 
pre por la honra y gloria de Chile. 

Reiterándole mi felicitación, saludo á Ud. respetuosamente. 

Juan Enrique Lagarrigue. 

Santiago, Moisés 9 del 98 (enero 9 de 1886). 

El Senado, presidido por el venerable hombre de Es- 
tado señor don Antonio Varas, que es una verdadera 
encarnación del civismo, confirmó el 10 de enero lo he- 
cho por la Cámara. Nueve de sus miembros protestaron, 



— 25 — 
y se retiraron antes de la votación, dando, por un ofusca- 
miento extraño, el más deplorable ejemplo de deserción. 



Aunque la siguiente carta no se relaciona con la situa- 
ción actual, he creído conveniente insertarla aquí, por- 
que varias de las reflexiones que encierra tienen todavía 
su oportunidad. No lleva fecha al pie, pues olvidé po- 
nerla en la copia que conservo. Pero, más ó menos, 
fué escrita en el mes de agosto de 1885. 

AI Presidente de la Repiiblica 

Señor don Domingo Santa María. 

Excelentísimo señor: 

No dudo que V. E., encargado en su alta función de velar por el 
orden y el progreso de nuestra Patria, sabrá oponerse ala introducción 
de las loterías en nombre del interés público. Pero como ciertas per- 
sonas desprovistas de nociones positivas sobre el organismo social 
patrocinen las loterías, sosteniendo que el Gobierno no puede impedir- 
las sin atentar á la libertad individual y considerándolas, además, muy 
benéficas, permítame V. E. hacer algunas observaciones á ese respecto. 

El orden político es, sin duda, más estrecho que el orden moral, de 
suerte que las prescripciones ejecutivas no pueden abarcar el dominio 
mucho más extenso del simple consejo. Sin embargo, el orden político 
está basado en el orden moral, y todas sus instituciones derivan de 
la condición indispensable de que el individuo se subordine al conjun- 
to de los asociados para que pueda existir y prosperar la sociedad. 
Sólo á una perniciosa metafísica le es dado desconocer ese hecho in- 
cuestionable que forma la esencia de la vida humana. El individuo no 
existe como individuo sino como miembro de la sociedad, á la cual es- 
tá estrechamente ligado material, intelectual y moralmente. 

La historia de nuestra especie puede resumirse en el doble progreso 
político y moral, yendo aquél en seguimiento de éste. En verdad, to- 
dos los perfeccionamientos civiles han sido precedidos por los perfec- 
cionamientos morales. Si bien se mira, lo política no es mas que la 



— 26 — 

práctica de una parte de la moral. Consideremos para persuadirnos de 
ello el caso del matrimonio, por ejemplo. De la promiscuidad primi- 
tiva se pasó á la poligamia, mediante los progresos de la moral que la 
pidió, sin duda, mucho antes que la estableciera la política. En segui- 
da se llegó del mismo modo á la monogamia, con repudiación de ¡a 
mujer por el hombre, como sucedía entre los griegos y los romanos. 
Bajo el influjo del catolicismo se estableció la indisolubilidad del ma- 
trimonio durante la vida de los esposos. El progreso supremo de la 
moral, debido al positivismo, lo hace indisoluble aun después de la 
muerte de uno de los cónyuges. Pero este último perfeccionamiento 
ha de quedar siempre en el dominio religioso sin que sea absorbido 
jamás por el dominio político. 

Según la teoría de los individualistas, ¿por qué prohibe el Gobierno 
la poligamia? ¿Por qué prohibe el divorcio? La única respuesta verda- 
dera es porque ello se opone al interés social formulado por la moral. 
La Francia, en medio de la anarquía actual que pesa sobre esa nación 
más que sobre otra alguna, ha restablecido inconsultamente el divor- 
cio, es decir, que ha desandado varios siglos, y á ese paso podría re- 
troceder hasta la poligamia. Pero felizmente la doctrina regeneradora 
debida á Augusto Comte va haciendo ahí progresos, y dentro de po- 
co la aberración del divorcio será abolida en nombre de la Familia, de 
la Patria y de la Humanidad, trinidad suprema que ha de reglarlo 
todo. 

¿Por qué, según los individualistas, se opondría el Gobierno á las 
luchas de los gladiadores si ellas trataran de establecerse? ¿Por qué á 
las corridas de toros? Ciertamente que con su criterio no sabrían qué 
decir, pero con el criterio del buen sentido responderían que porque 
ello repugna á íluestra cultura moral. Y en el porvenir una sociedad 
más perfeccionada que la nuestra mirará las carreras de caballos como 
nosotros miramos las luchas de los gladiadores y las corridas de toros. 

Pero los individualistas llegan á la conclusión más extraña cuando 
afirman que las loterías son benéficas. Eso prueba que los falsos con- 
ceptos pueden pervertir el sentido moral. Sabemos que tan deplorable 
lógica viene del pueblo en que más estragos ha hecho el individualis- 
mo y en que hasta la caridad ha sido convertida en negocio, -destru- 
yéndosela por eso mismo. Mas no podemos menos de protestar indig- 
nados contra semejante degradación que comienza á introducirse entre 
nosotros. Es preciso que nos guardemos de profanar los sagrados prin- 
cipios de la moral, convirtiendo la beneficencia en juegos y en diver- 
siones, Esa hija santa del corazón que tanto enaltece la naturaleza hu- 
mana no debe ser jamás confundida con el egoísmo. 



Las loterías no pueden sino corromper los pueblos excitando la sed 
de riqueza sin trabajo. Respecto de las clases proletarias, cuya mejora 
de condición es el gran problema social del presente, con eso se las 
fascina, y se las burla. En efecto, los artesanos gastan en las loterías la 
mayor parte de su exiguo salario, empeorando de ese modo su mísero 
estado y yendo á favorecer con sus privaciones á los individuos de- 
signados por el azar y que son tal vez los menos dignos de ser recom- 
pensados. No pongamos más obstáculos de los que ya existen en nues- 
tra marcha hacia lasociocracia, en que una mejor distribución volunta- 
ria de la riqueza y el cumplimiento de los deberes respectivos de todas 
las clases fundarán el bienestar universal. 

Lejos de establecer las perturbadoras loterías confiemos más bien 
en eme con el progreso de nuestra sociabilidad se disolverán tantas 
instituciones aparentemente benéficas, como los seguros sobre la vida 
y los seguros contra incendios. Esas instituciones, basadas en miras 
puramente mercantiles, tienden á sofocar el altruismo humano. Una 
educación verdaderamente moral, que sólo el positivismo puede dar 
ahora, hará sentir que cuando uno de los miembros de la sociedad es 
víctima de algún accidente que lo prive de su fortuna, tócales á sus 
conciudadanos socorrerlo directamente. Y tanto más de esperar es que 
eso se realice en breve, de una manera general, cuanto que ya han te- 
nido lugar semejantes auxilios, y no sólo entre los individuos de una 
misma nación, sino también éntrelos de varias, como en el caso del re- 
ciente cataclismo de España, comprobándose así espontáneamente la 
solidaridad humana que va á constituirse en una forma sistemática. 

Creo excusado continuar estas reflexiones, puesto que el ilustrado 
criterio y el firme carácter de V. E. custodiarán como es debido el or- 
den y el progreso de nuestra Patria. 

Salud y respeto. 

Juan Enrique Lagarrigue. 

(g, Moneda, g) 



mm 



:'i¡W¡ 



i^H^ni 



i •'"'■' i V 



i w n M ■ 






888» 



ñm 



1 



B "•#•>$■ BHH 

'$,"■: '"■ I 
lili H^Hi 13 

■ ■ l I 

lili HhHI ■ 



'ífcwi'iTíí^'^í''